El museo
El Castillo fue construido en 1930 por Nel Rodríguez, con un estilo muy
parecido a los castillos del Loira en Francia, gótico medieval, en 1943 Diego
Echavarría lo compró para habitarlo junto con su familia y en 1972 pasó a ser
un museo.
El
Castillo hoy es una fundación sin ánimo de lucro, que se dedica a la promoción
del arte y la cultura, en el trascurso del año se presentan diferentes
exposiciones artísticas, como la pintura, escultura, etc.
Por lo
general al museo lo visitan extranjeros, personas de todo el país y de la
ciudad. La boletería, las donaciones de otra entidades y las ventas son la forma
en como este lugar se sostiene.
El museo
cuenta con nueve diferentes salas, donde encontramos las habitaciones de Don
Diego Echavarría, Doña Benedikta Zur, la esposa, e Isolda Echavarría, la única hija
de este matrimonio.
Al entrar
por un sendero largo, nada muy diferente a un castillo de un cuento infantil,
arboles con hojas en forma de crespos blancos. Lo primero que se encuentran son
los parqueaderos, un poco solos, pero con rastro de visitantes.
Fuentes
con colores cálidos, zonas verdes y una que otra empleada haciendo el
mantenimiento a los jardines, torres que tal vez parecían cárceles de cuentos,
una casa de muñecas de Isolda convertida en una cafetería, con algunas
remodelaciones, pues el paso del tiempo ha deteriorado su arquitectura inicial.
Al entrar
en las salas se escuchan diferentes conversaciones acerca de cómo la
arquitectura ha cambiado, admiración por las diferentes colecciones del señor
Diego, y su gran aprecio por el arte.
“La
plata si es muy buena y mueve lo que sea, aunque mira como han cambiado los tiempos, antes no celebraban los
15 años sino los 18”- le dice un visitante a su esposa.
En cada
sala se apreciaba el cuidado, tanto de empleados como de visitantes, pero el
paso del tiempo también se hace sentir, los pisos en madera, los libros, la decoración,
los objetos; cámaras, pipas, retratos, vestuario etc., son algunas de las pertenencias
que muestran y llevan a sus espectadores a otra época.
El guía
encargado de explicar a sus visitantes lo ocurrido en cada lugar, la vida, la
muerte, como eran los personajes, para que y como utilizaban lo que tenían,
porque termino siendo un museo, y muchas cosas más; era una persona que a pesar
de su trabajo se veía tímido con quienes lo seguían en su recorrido.
El Castillo
no solo es visitado por personas, y a pesar que no se permiten mascotas, un pájaro
fue el intruso, desconcentrando a la excursión se hizo sentir por toda la casa,
pues causaba la impresión que haría algún desastre en las lámparas y hasta en
las porcelanas.
Todo en
este lugar estaba intacto, y aunque el museo no se permitía mostrar baños, pues
hace parte de la vida íntima, contaba con las puertas que daban acceso a estos en su
momento. La casa del mayor domo a unos pasos de la mansión es mucho más grande
de lo que hoy están siendo las construcciones de apartamentos.
Al salir
cada visitante miraba por última vez El Castillo, agradeciendo a su guía turístico,
porque aparte del viaje por la casa, dio un recorrido en la historia con el
estudio que su trabajo le exige.
“Realmente
parece un castillo, y es increíble que haya gente tan generosa que quisiera dejar
todo eso a la comunidad, cuando aun después de muerto podría seguir dando
riquezas”, así concluyó un visitante, un costeño quien en todo el recorrido
estuvo anonadado de la cultura que Medellín y sus alrededores tiene.
Aunque las
fotos están prohibidas con el fin de proteger los derechos de autor, los flash
de las cámaras no dejaron de disparar, los visitantes no se querían ir sin un
recuerdo, pues su fachada realmente deja mucho de qué hablar, y mucho por
contar.
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