jueves, 17 de mayo de 2012

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El museo El Castillo fue construido en 1930 por Nel Rodríguez, con un estilo muy parecido a los castillos del Loira en Francia, gótico medieval, en 1943 Diego Echavarría lo compró para habitarlo junto con su familia y en 1972 pasó a ser un museo.
El Castillo hoy es una fundación sin ánimo de lucro, que se dedica a la promoción del arte y la cultura, en el trascurso del año se presentan diferentes exposiciones artísticas, como la pintura, escultura, etc.
Por lo general al museo lo visitan extranjeros, personas de todo el país y de la ciudad. La boletería, las donaciones de otra entidades y las ventas son la forma en como este lugar se sostiene.
El museo cuenta con nueve diferentes salas, donde encontramos las habitaciones de Don Diego Echavarría, Doña Benedikta Zur, la esposa, e Isolda Echavarría, la única hija de este matrimonio.
Al entrar por un sendero largo, nada muy diferente a un castillo de un cuento infantil, arboles con hojas en forma de crespos blancos. Lo primero que se encuentran son los parqueaderos, un poco solos, pero con rastro de visitantes.
Fuentes con colores cálidos, zonas verdes y una que otra empleada haciendo el mantenimiento a los jardines, torres que tal vez parecían cárceles de cuentos, una casa de muñecas de Isolda convertida en una cafetería, con algunas remodelaciones, pues el paso del tiempo ha deteriorado su arquitectura inicial.
Al entrar en las salas se escuchan diferentes conversaciones acerca de cómo la arquitectura ha cambiado, admiración por las diferentes colecciones del señor Diego, y su gran aprecio por el arte.
“La plata si es muy buena y mueve lo que sea, aunque mira como han  cambiado los tiempos, antes no celebraban los 15 años sino los 18”- le dice un visitante a su esposa.
En cada sala se apreciaba el cuidado, tanto de empleados como de visitantes, pero el paso del tiempo también se hace sentir, los pisos en madera, los libros, la decoración, los objetos; cámaras, pipas, retratos, vestuario etc., son algunas de las pertenencias que muestran y llevan a sus espectadores a otra época.
El guía encargado de explicar a sus visitantes lo ocurrido en cada lugar, la vida, la muerte, como eran los personajes, para que y como utilizaban lo que tenían, porque termino siendo un museo, y muchas cosas más; era una persona que a pesar de su trabajo se veía tímido con quienes lo seguían en su recorrido.
El Castillo no solo es visitado por personas, y a pesar que no se permiten mascotas, un pájaro fue el intruso, desconcentrando a la excursión se hizo sentir por toda la casa, pues causaba la impresión que haría algún desastre en las lámparas y hasta en las porcelanas.
Todo en este lugar estaba intacto, y aunque el museo no se permitía mostrar baños, pues hace parte de la vida íntima, contaba  con las puertas que daban acceso a estos en su momento. La casa del mayor domo a unos pasos de la mansión es mucho más grande de lo que hoy están siendo las construcciones de apartamentos.
Al salir cada visitante miraba por última vez El Castillo, agradeciendo a su guía turístico, porque aparte del viaje por la casa, dio un recorrido en la historia con el estudio que su trabajo le exige.
“Realmente parece un castillo, y es increíble que haya gente tan generosa que quisiera dejar todo eso a la comunidad, cuando aun después de muerto podría seguir dando riquezas”, así concluyó un visitante, un costeño quien en todo el recorrido estuvo anonadado de la cultura que Medellín y sus alrededores tiene.
Aunque las fotos están prohibidas con el fin de proteger los derechos de autor, los flash de las cámaras no dejaron de disparar, los visitantes no se querían ir sin un recuerdo, pues su fachada realmente deja mucho de qué hablar, y mucho por contar.

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